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“SI ME NECESITAS… SILBA!” TENER O NO TENER…. «sex appeal»

No hay nada, nada, que le pueda gustar más al público que las historias que toman forma real nacidas entre las bambalinas de las etéreas paredes del cine. “A dream comes true”, que tanto le gustaba repetir al tío Walt. Y pocas historias pueden enmarcarse con tanta perfección dentro de esa fantasía como la de Lauren Bacall y Humphrey Bogart.

Lauren Bacall y Humphrey Bogart

No podían ser, aparentemente, más opuestos o antagonistas. Humphrey Bogart, su verdadero nombre, era un niño bien nacido en una familia adinerada que conoció la fama siendo muy joven. Su familia, eso sí, perdió hasta los pantalones durante la crisis de la gran depresión en 1929. Bogart había nacido con buena estrella, incluso se tomó la molestia de nacer el 25 de diciembre, sin embargo, el cine no se lo puso nada fácil. Pasó diez años entre las bambalinas de Broadway hasta que la crisis del 29 hizo que se moviera, junto con muchos otros actores de su generación hasta la soleada California en busca de mejores oportunidades en Hollywood. Y Hollywood no le regaló nada. Pasarían varios años antes de que en 1934 tuviera su oportunidad en “El Bosque Petrificado”. Ese papel haría de Bogart lo que es comenzando a perfilar su icónico personaje de tipo duro y anti-héroe.

Lauren Bacall, nacida Betty Joan Perske, llegó al mundo 35 años más tarde, como única hija de una familia judía de inmigrantes polacos bastante más humilde. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía cinco años. Su madre hizo cuanto pudo porque Betty tuviera una vida mejor y, pese, a sus dificultades, Betty tuvo una educación en una escuela privada. Pero las ideas de Betty sobre su futuro no pasaban por la universidad. Desde muy niña Betty quiso dedicarse a la farándula y estudió en la famosa Academia Americana de Arte Dramático de Nueva York.

En cuanto salió de la escuela primaria decidió ponerse a trabajar como actriz pero rápidamente descubrió sus posibilidades como modelo y no hizo ascos a ninguna oportunidad. La Bacall siempre tuvo un concepto muy claro del poder de su imagen. En el 43 fue portada del famoso Harper´s Bazaar y fue así como la mujer de Howard Hawks, uno de los más grandes directores que haya dado Hollywood, se empeñó en que este le hiciera una prueba de cámara.

Cautivado por su belleza, o con tal de no tener problemas en casa, Hawks, que estaba preparando “Tener o no tener”, “To Have and Have Not” (1944), con Bogart como protagonista, decidió darle unas líneas y ponerla delante de la cámara.
“Tener o no tener” era una novela de Ernest Hemingway, de esas que escribía con la intención de llegar al gran público, que fue Premio Nobel de literatura unos años más tarde, en el 1954 por su obra completa. Jules Furthman y William Faulkner se encargaban del guion. Ha sido la única vez en toda la historia, hasta la fecha, en la que dos Premios Nobel han tomado parte en el mismo guion de una película. Faulkner fue Premio Nobel de literatura en 1949.

Pero ninguna de estas vacas sagradas iba a ser convocada para una prueba de cámara de una jovencilla sin estrenar por muy bonito que tuviera el porte. Ni corto ni perezoso, Hawks, escribió una escena para que la chiquilla dejara ver cuáles eran sus poderes… si es que tenía alguno. El test se hizo a cuenta de la Warner Bros, y, por supuesto, tampoco se iba a molestar a Bogart, que para entonces ya era una estrella consagrada que ya contaba en su haber con “El Halcón Maltes” y “Casablanca” entre otras muchas mitologías fílmicas para una intrascendente prueba de cámara al uso. No, la prueba se rodó con John Ridgely, un secundario habitual de la Warner, que aquel año rodaba tres películas, entre ellas, “Arsénico por compasión”.

Dicen las malas lenguas que la Bacall estaba tan nerviosa que optó por bajar la barbilla y mirarlo todo y a todos desde esa incómoda posición. Sea o no cierto, lo cierto es que bastó una sola toma para que todo el mundo presente en el plató concluyese que, sin ningún género de dudas, la chica tenía madera. Tenía tanta madera que la escena escrita por Hawks para un sencillo test fue incluida en la película para acabar convirtiéndose en una de las escenas más memorables de todos los tiempos y el inicio de una de las leyendas más famosas en torno a una de las historias de amor más fantaseadas.

Ni Ernest Hemingway ni William Faulkner tuvieron el honor de escribir el famoso “Tú sabes cómo silbar, no?” que una veinteañera, novata e imponente Lauren Bacall le lanza a una desconcertado Bogart que hace lo que puede por mantener el tipo.

Tal vez, Lauren Bacall no era un animal de este mundo. De una belleza impresionante que manejaba con la elegante habilidad de un jugador de póker entrenado en juegos de manos, la Bacall se movía con la lentitud de una pantera a punto de atacar. Lauren Bacall inventó la elegancia; antes de ella, ser elegante era una pose aprendida, pero la Bacall nos hizo comprender a todos que hay cosas que, sencillamente, “se tienen o no se tienen” y no se pueden aprender. Bacall era la mirada, una mirada profunda y penetrante que te penetraba con esa barbilla agachada siempre hacia un lado porque era demasiado alta para poder mirarla de frente y era demasiado altanera como para poder manejarla. Lauren Bacall era una diosa pétrea, inalcanzable, un bunker inabordable que derrochaba una majestuosidad embriagadora produciendo siempre un largo silencio tras su paso. Era como si hiciera falta un tiempo para poder reaccionar tras su impertérrita presencia. Famosa por sus respuestas ácidas, Lauren Bacall fue de todo menos una niñata estúpida o frágil. Sus pies se sujetaban tan fuertemente a la tierra como su cabeza. La Bacall nunca fue una chica fácil de llevar, ni para sus relaciones, ni para los estudios. Miraba los guiones con lupa y se negaba a participar en películas que no le resultaran interesantes. Bacall hacía lo que quería hacer, en cualquier aspecto de su vida.

Respecto a Bogart, para ella fue fácil, conoció al hombre de su vida, se enamoró de él y se quedó con él hasta el último minuto de su existencia. Bogart fue siempre el amor de su vida y todo el mundo lo sabía, su segundo marido, Jason Robards, la llamaba “la viuda de Bogart” a sabiendas de cuanto le molestaba a ella.
El día en que Bogart murió ella dijo, “my husband died. My life collapsed”. Pero, ese mismo año, cuando el famoso periodista M. Parkinson la entrevisto preguntándole por su increíble capacidad para recuperarse ella contestó “ser viuda no es una profesión”

Bacall permaneció al lado de Humphrey hasta el último minuto y luego siguió adelante con la fuerza que la caracterizaba. Se casó con el “tipo duro de Hollywood”, sin embargo ella era la parte más dura y fuerte del tándem. Bogart solía decir que era demasiado dura, pero que a él le gustaba así.

Bacall y Bogart comenzaron a salir juntos inmediatamente después de conocerse. Por aquel entonces, Bogart estaba casado con la actriz Mayo Methot. Su tumultuosa relación, sembrada de borracheras y agresiones físicas, les valió el apelativo de ““The Battling Bogarts” en el todo Hollywood. A principios de los cuarenta, mientras su vida personal se derrumbaba, la carrera de Bogie subía como la espuma. En el 41, “El Halcón Maltés” cosechaba aplausos de crítica y taquilla por doquier, y en el 42, “Casablanca” tuvo un éxito todavía mayor.

Bacall fue a ver Casablanca en Nueva York, donde vivía por aquella época, acompañada por una amiga que se quedó atrapada por el cautivador sex appeal de Bogart, cuando se lo comentó a Bacall a la salida del cine ella le dijo que estaba loca.

“Casablanca” se convirtió en un éxito tal, que la Warner decidió adaptar el material de la novela de Hemingway “Tener o no tener” al estilo de la película con la intención de repetir el éxito del personaje de Rich que con tanta solera ya interpretaba Bogart. La película estaba hecha para que Bolgart la calzase y la recién llegada Bacall se encontró de bruces protagonizando un papel junto al hombre menos sexy del planeta que ella pudiera imaginar.

TO HAVE AND HAVE NOT, Lauren Bacall, Humphrey Bogart, 1944

En su primer encuentro, Bacall descubrió, para su sorpresa, que Bogart era un tipo educado y cordial. Durante su primer día de rodaje, ella se puso muy nerviosa cuando empezó a comprender su inexperiencia como actriz, especialmente al lado del veterano Humphrey, y a temer que el papel y la situación le quedaran grandes. Bogart, zorro viejo en estas lides, comprendió en seguida la situación y comenzó a hacer bromas hasta conseguir que Lauren se tranquilizara. La química entre ellos comenzó a fluir. El la llamaba “Slim”, flaca, y ella a él, “Steve”, nombres y apelativo de los personajes en la película. Ella también comenzó a llamarle “Bogie”.

Tres semanas después de comenzar el rodaje, estaban gastando bromas como de costumbre, cuando, repentinamente, Bogart la besó y le pidió el número de teléfono que utilizó sin reparos esa misma tarde.
Hawks no estaba muy contento con el romance que sus dos protagonistas estaban desarrollando fuera de la pantalla. Dijo que Bogart no estaba siendo profesional y que ella era una tarada. Se enfrentó a los dos y les amenazó diciendo que dejaban de tontear fuera del plató o que aquí se acababa la película. Incluso la amenazó a ella con arruinar su incipiente carrera.

Lo que Hawks ignoraba es que Bogart no estaba “tonteando” con ella en absoluto. En una de sus muchas cartas de amor, Bogart le escribió
“I never believed that I could love anyone again…you are my last love and all the rest of my life I shall love you and watch you, and be ready to help you.”

La madre de Bacall estaba más disgustada de lo que el director Hawks puediera estar. La diferencia de edad era abismal, Bogart era famoso por su afición a la botella y, por si fuera poco, estaba casado. ¿Podía ser peor?

Para desgracia y fortuna de todo el mundo, “Tener o no tener” fue, un glorioso exitazo de taquilla y, por supuesto, la Warner quiso repetir al duo que también había funcionado en taquilla. Se preparó una adaptación de la novela de Raymond Chandler, “El Sueño Eterno” y Bogart y Bacall serían, sí o sí, las estrellas que la harían posible. En 1945, apenas comenzado el rodaje del “Sueño Eterno”, Bogart le pidió el divorcio a Mayo Methot y se fue de su casa.

La imaginación popular quiso hacer de la famosa escena de “Tener o no Tener” en la pantalla el momento real del flechazo de la pareja imaginando que a partir de ahí surgió todo, imaginando una historia de amor sin fisuras que acabó porque la muerte así lo quiso.

Pero, por más que nos empeñemos en que la magia traspase la fantasía, la vida real tiene sus propias ideas sobre sus guiones.

Bogart y Bacall no se divorciaron jamás y estuvieron siempre dispuestos a apoyarse mutuamente hasta el final. Aprendieron a tener una relación más allá de la fantasía del enamoramiento y su unión se mantuvo gracias a su mutua independencia.

Cuenta Bacall que el día en que le dijo a Bogart que se había quedado embarazada tuvieron la mayor bronca de su vida. El tenía 48 años y la paternidad no entraba en sus planes y era algo para lo que, desde luego, no estaba preparado. El continuó gritando y gritando a los cuatro vientos que él no se había casado con ella para perderla por un crío.
Pero, al día siguiente, él, muy en su papel, le escribió una larga carta confesándole que estaba asustado y que le daba miedo ser un mal padre, pero que él sabía lo mucho que ella deseaba tener un hijo y que prometía acostumbrarse a la idea de ser llamado papa.

Los Bogart tuvieron dos hijos que tenían 4 y ocho años cuando él murió.

Disfrutaron de diez años de matrimonio, con sus altos y sus bajos momentos.

Bogart amaba navegar y había superado la etapa del todo Hollywood, así que se sentía más cómodo en la intimidad y en medio del mar que en las fiestas de sociedad. Bacall se mareaba en el barco y prefería las grandes fiestas hechas para ver y para dejarse ver, así que mientras el uno navegaba la otra hacía sociedad.

Pero en los últimos años él no navega solo y ella no bailaba sola.
La eterna compañera de Bogart se llamaba Verita Bouvaire Thompson y gustaba definirse a ella misma como la peor pesadilla de Bacall. La Bacall aseguraba que jamás tuvo celos de ninguna mujer, de lo única que estaba celosa era del amor que su marido profesaba por su barco. Su secretaria y él compartían las dos cosas que más le gustaban a Bogart del mundo, navegar y beber. Se conocieron en el 42, después de Casablanca, según Verita y mantuvieron su relación a pesar de los matrimonios y los años.

Bacall comenzó a mantener, según ella misma, una relación con Sinatra en los últimos años de vida de Bogart quien, parece ser, se hacía perfectamente cargo de que su mujer iba a necesitar una pareja cuando él y no estuviera y acariciaba con agrado de que fuera su viejo amigo Sinatra quien viniera a tomar el relevo. La relación consiguió permanecer en el silencio hasta poco después de la muerte de Bogart en que un periodista aireo que Sinatra le había pedido a Bacall que se casara con él. Parece que este pequeño detalle molestó a Sinatra hasta al punto de dejar plantada a la Bacall.

Bogart fumaba como un carretero y bebía más que un camello, tal vez, quizás eso tuvo algo que ver en su muerte por cáncer de esófago.

Al sentir popular le gusta decir que el día en que se casaron él le regaló a ella un silbato, en referencia a la escena de la película en cuestión, “si me necesitas silba”, que es un concepto, no una línea literal de guion, pese a que la traducción al español decía algo muy parecido “si me necesitas, sólo tienes que silbar”. Pero lo que de verdad dice la Bacall en su famosa línea de guion es “may be just whistle. Tú sabes cómo silvar, no? Solo pon tus labios juntos y sopla.”

El mismo sentir popular es también muy amigo de creer que antes de depositar la urna de sus cenizas en el cementerio ella colocó un silbato en su interior, por la misma razón.

No sabemos si este intercambio de silbatos realmente se llegó a producir, desde luego Bacall no dice nada en sus memorias. Pero si es cierto que ella se refería a él como “Bogie” y él, cuando se ponía cariñoso, la llamaba “flaca”. Y no es menos cierto que a su primer hijo le llamaron “Steve” porque ese era el nombre del personaje de Bogart en una película en la que todos aprendimos a decir “si me necesitas silba”, pese a que nunca fuera esta una línea del guion de una de las historias de amor más intensas y más envidiadas del todo Hollywood.

“No one has ever written a romance better than we lived it,” dejó escrito la Bacall en sus memorias.

Pepa Llausás